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Jamás deberíamos olvidar que todo lo que hizo Adolfo Hitler en Alemania fue "legal".....
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a mi pueblo en todos mis pensamientos y actos de mi vida. Ellos me dieron la
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confrontó. En ello he empleado mi vida, mi esfuerzo en el trabajo y mi
salud,...durante estas tres décadas".
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Junio 04, 2007

ARTICULO PUBLICADO POR EL UNIVERSAL AGOSTO 09, 1998
Todavía hay tiempo de salvar nuestra republica
Un Caudillo con la Cara Pintada
A Venezuela le está saliendo un caudillo. Los caudillos le salen a las
sociedades como los golondrinos le salen a la gente en los sobacos. Y salen por
las mismas razones: una severa infección que aflora en un punto del cuerpo
cuando las defensas están bajas. El caudillo venezolano se llama Hugo Chávez y
se hizo muy famoso en 1992 cuando organizó un golpe militar contra el gobierno
legítimo de Carlos Andrés Pérez. El golpe fracasó, pero el intento bastó para
hacerlo tremendamente popular entre muchos venezolanos.
A las 72 horas de la asonada castrense, de acuerdo con las encuestas de la
época, 65 por ciento de la población adulta decía respaldar al golpista. Hoy, a
los seis años de aquella sangrienta aventura, Hugo Chávez amenaza con
convertirse en el próximo presidente de Venezuela, pero no para mantener las
instituciones del país, sino para llevar a cabo la mítica revolución radical de
izquierda, utilizando para ello los recursos del Estado de Derecho. Algo
parecido a lo que Hitler y Mussolini hicieron en los años treinta en sus
respectivas naciones. Se servirá de los procedimientos democráticos para
disolver el Parlamento y gobernar a su antojo por decreto.
Naturalmente, hundirá al país en el horror y la violencia, pero eso es algo que
la mayor parte de los venezolanos hoy son totalmente incapaces de percibir.
Están demasiado entretenidos en luchar contra la inflación, el desempleo y la
inseguridad ciudadana para preocuparse por la defensa de las libertades. Sufren
-y con razón- la nostalgia de aquellos tiempos gloriosos en que un dólar valía
cuatro bolívares, mientras ahora les cuesta quinientos. Tienen demasiada rabia
contra los políticos y funcionarios corruptos, y demasiada indignación contra
la ineptitud de la burocracia estatal, para detenerse a pensar en que Chávez,
lejos de resolver los problemas del país, los agravará cruel e
irresponsablemente, aunque sólo sea porque en su cabeza violenta y cuartelera
no hay otra cosa que ideas insensatas extraídas de la mitología revolucionaria
latinoamericana de mediados de siglo.
En un país que se muere de estatismo, Chávez aumentará el perímetro del Estado.
En una sociedad agredida durante décadas por absurdos controles económicos,
Chávez multiplicará los cerrojos y limitará aún más las libertades políticas.
En una nación en la que el Estado de Derecho es casi una ficción, este
presidente carapintada sustituirá cualquier vestigio de constitucionalismo que
quede en pie por su omnímoda voluntad. "Cuál es nuestra Constitución?", se
preguntaba en los años treinta el doctor Hans Frank, nazi notorio. Y enseguida
se contestaba: "Nuestra Constitución es la voluntad del Führer". La
Constitución de los venezolanos será la voluntad de Chávez. El caudillismo es
eso: una abdicación de la soberanía popular, una transferencia de poderes.
Cómo saldrán los venezolanos de este atolladero? Por supuesto, muy magullados.
Basta leer cuidadosamente los discursos de Chávez en La Habana, publicados en
el periódico Granma, y los elogios que Castro le propina, para comprobar que
este hombre no tiene la menor idea sobre cómo los pueblos crean riqueza y cómo
la destruyen. Si gana las elecciones, una vez instalado en Miraflores, en el
mejor de los casos se comportará como Salvador Allende -un caotizador de
izquierda- y en el peor, intentará hacer una revolución de corte estalinista
semejante a la de su admirado vecino cubano. En ambas situaciones movilizará a
sus partidarios y los encuadrará en formaciones cuasi militares para defender
la revolución, arriesgándose a un peligroso enfrentamiento con el Ejército,
donde siempre habrá algún Pinochet dispuesto a sacar los tanques a la calle
para liquidar violentamente a quienes pongan en peligro la hegemonía de las
Fuerzas Armadas.
Esto es gravísimo. Los militares venezolanos pueden ser devastadores si se
disponen a matar. Hace años le pregunté a un general de ese país cómo habían
controlado el "caracazo" -los motines callejeros de la capital- y todavía
recuerdo con cierto escalofrío su respuesta torva y sin emociones: "raspamos a
mil c.d.m. en una noche", dijo mientras aplastaba su cigarrillo en el cenicero
con un gesto displicente.
Así, innecesariamente, puede acabar este absurdo drama: millares de venezolanos
"raspados", extirpados como verrugas por personas violentas de uno y otro bando
que han sido incapaces de encontrar fórmulas para solucionar pacíficamente sus
conflictos. Hay maneras, todavía, de impedir esta catástrofe? Sí, si las
fuerzas democráticas fuera capaces de pactar la gran coalición de la libertad,
pero no sería honrado forjar esa alianza sólo para derrotar a Chávez en las
urnas. Eso sería mezquino. Habría que proponer un plan realista y serio que les
demuestre a los venezolanos que la respuesta a sus males está en la democracia
y en el Estado de Derecho, y no en la acción de los caudillos fascistoides. No
sólo se trata de salvar a Venezuela del daño que en el futuro puede hacerle
Hugo Chávez. El objetivo también es salvar a Venezuela del daño que le han
hecho en el pasado otros venezolanos que llegaron al poder sin la cara pintada.
Carlos Alberto Montaner/Agencia Internacional de Prensa
Fuente: http://www.eluniversal.com/1998/08/09/opi_art_OP10.shtml
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